Siete principios para escuchar mejor

Todo lo bueno requiere esfuerzo.

    A pesar que todo lo bueno requiere esfuerzo, para poder escuchar mejor se necesitan siete principios.

  Primero: Escuchar con el cuerpo: Cuando se hace referencia a escuchar con el cuerpo, quiere decir, prestar atención con todo el organismo. De ese modo el receptor interpreta que se le está poniendo el mayor interés a lo que está diciendo.

Segundo: Escuchar con los ojos: Charles Spurgeon dijo: “Cómo se siente usted, si mientras está hablando, su interlocutor mira distraídamente a cualquier sitio y solo muy de tanto en tanto fija su vista en usted?”

    Debemos asegurarnos de que nuestro interlocutor se da cuenta que lo estamos escuchando. Sin exagerar ni poner incómodo al que habla, hay que mirarlo a la cara.

Tercero: Escuchar con la cabeza: Un movimiento de cabeza en el momento oportuno da a entender: “Lo comprendo”, “Estoy de acuerdo”, “Estoy contigo”.  Apoyar un dedo en la cara o rascarse la barbilla suele demostrar que se está escuchando con atención.  Por el contrario sentarse demasiado cómodamente suele puede ser indicativo de falta de interés.

Cuarto: Escuchar con las manos: Las manos tienden a realizar muchos gestos que denotan aprobación o desaprobación. Hay que evitar garabatear distraídamente  o dibujar mientras se escucha.

     El contacto físico resulta indispensable para la salud emocional.

Quinto: Escuchar con los labios: Esta forma incluye la risa y la sonrisa  para demostrar interés. También las expresiones verbales como: ¡Caramba! ¡No me digas! ¿De veras? Y otras expresiones pronunciadas con sinceridad, revelan al interlocutor que uno está escuchando con atención.

Sexto: Escuchar con el cuerpo y la mente: Acercarse o inclinarse un poco más al que habla, es un gesto de interés y participación.

Séptimo: Escuchar y pensar a la vez: De un idioma a otro hay pequeñas diferencias  en cuanto a la velocidad que se puede hablar. Según diversos estudios las personas de hablar más pausado suelen emitir de 80 a 100 palabras por minuto.  Los hablantes veloces pueden llegar a articular de 150 palabras por minuto o más.  Esto significa que un individuo normal es capaz de pensar cuatro o cinco veces más rápido de lo que habla.

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